Relatos – La Voz del Contestador https://lavozdelcontestador.com El blog del PODCAST Thu, 29 Aug 2024 20:28:53 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=7.1 EL NOVICIO https://lavozdelcontestador.com/2024/08/29/el-novicio/ https://lavozdelcontestador.com/2024/08/29/el-novicio/#respond Thu, 29 Aug 2024 20:28:15 +0000 https://lavozdelcontestador.com/?p=206

1.

Cada paso le provocaba un dolor insufrible. Había dejado de sentir los dedos de los pies. Las agujereadas botas de piel con las que se arrastraba por la nieve en medio de la ventisca habían dejado de cumplir con su función. Apenas veía nada delante, la niebla se lo impedía. Pero tenía que seguir. La vida de la criatura que llevaba en su vientre dependía de que escapara. De manera instintiva volvió la vista hacia atrás por si alguien la seguía. Pero tampoco lo hubiera sabido, a su espalda tampoco se veía nada. Y estaba cayendo la noche. Necesitaba encontrar refugio cuanto antes. Llevaba muchas horas caminando, había dejado muy atrás ya la aldea, pero aun así sentía que la acechaban, que la iban a obligar a volver. Se dijo a sí misma que debía continuar hasta que no le quedara un hálito de vida. Continuó caminando.

El viento le trajo silbidos de furia, al chocar su corriente con alguna estructura. Alzó la cabeza y no muy lejos pudo distinguir entre la niebla lo que parecía una pared de piedra. Era una muralla o un edificio. “Estamos salvados”, pensó, y la esperanza le devolvió la fuerza necesaria para llegar hasta allí. Al acercarse más, vio frente a ella una enorme puerta de madera con remaches metálicos. Sacando energía de donde no la tenía, corrió hasta la puerta. La golpeó con su puño con la poca fuerza que le quedaba pero sus golpes apenas se hacían notar en aquella gruesa puerta. Aterida de frío intentó gritar, pero apenas salían ligeros gemidos de su boca. No podía creer que aquello se acabara allí, tan cerca de lograrlo. Se sentó hundida apoyándose en la puerta y arrebujándose con la manta de fieltro que la había mantenido algo caliente todo el camino. Llevo su mano derecha a su tripa de siete meses de embarazo y acariciándola susurró entre lágrimas: “lo siento, hijo mío, lo siento…”.

Se encontraba ya cayendo en la ensoñación que quizá les llevara a ella y a su criatura al paraíso prometido por los dioses, cuando el sonido de un cerrojo a su espalda activó de nuevo sus constantes. A duras penas se levantó y apoyó la cabeza en la madera, rezando para que se abriera. Al otro lado, seguía sonando un mecanismo metálico. “Por favor, por favor…” mascullaba entre dientes. Y la puerta se abrió ligeramente hacia dentro. Al otro lado, un hombre vestido con una gruesa túnica marrón rematada con una capucha que apenas dejaba entrever su cara sujetaba un farolillo en su mano derecha.

-Qué quieres -dijo con voz profunda. Ella lo oyó perfectamente a través de la ventisca, como si le estuviera hablando desde su propio interior.

-Necesito… necesitamos ayuda, por favor –respondió llevando su mirada hacia su abultado vientre–. Vamos a morir de frío aquí fuera; haré lo que sea, por favor…

El hombre se tomó unos momentos antes de tomar una decisión. A ella sus lágrimas le bajaban rápidamente por los restos congelados de sus anteriores llantos. Finalmente, el hombre hizo un gesto con la cabeza y abrió del todo la puerta para dejarla pasar.


2.

El pequeño Paulsen nació a los 48 días. Pero no fue un parto fácil. Los gritos de dolor de su madre resonaron por todo el monasterio. Los monjes nunca habían asistido a un parto, y no tardó en complicarse. El niño venía de nalgas y el monje encargado de la salud de todos los ordenados no tuvo más remedio que intervenir a la mujer. Pidió un cuenco de agua caliente, trapos limpios y la navaja con la que practicaba las sangrías. Le puso a la mujer un palo envuelto en cuerdas para que mordiera. “Es la única opción de salvar a tu hijo”, le había dicho, y ella no había rechistado. Mordió el palo y el monje comenzó la operación, abriendo de arriba abajo el vientre de la mujer mientras otros dos monjes la sujetaban a cada uno de sus lados. El dolor fue muy intenso, pero finalmente el monje sacó al bebé y se lo colocó sobre su pecho. Ella lo miraba con ternura, aún exhausta del esfuerzo y el sufrimiento.

-Llamadlo Paulsen y cuidadlo, por favor –les dijo a los monjes, consciente de que su vida se apagaba-. Está destinado a hacer grandes cosas.

El monje que le había asistido en el parto y que en ese momento trataba de suturar la incisión que le había hecho en el vientre alzó la mirada y asintió. Ella murió con el pequeño Paulsen en sus brazos.


3.

Paulsen no era como los demás novicios. No le interesaban los escritos, las oraciones, el cuidado del huerto ni el estudio de la Kahntora, el libro que sustentaba toda la religión de los Adsicris, la orden a la que pertenecía el monasterio. Él había descubierto la biblioteca del monasterio en el ala oeste y desde entonces no pasaba un día en el que no se escapara de sus funciones a ojear una y otra vez los libros de aventuras que allí había. Gracias a aquellos libros, había incluso creado su propia espada de madera, con la que le encantaba practicar mientras se suponía que estaba con los rezos nocturnos junto al candil de su celda. Le encantaba leer, siempre que no fuera de evangelios, encantamientos, tradiciones, rituales… todo aquello que le obligaba a leer el hermano preceptor. Las discusiones acerca de él entre este y el abad mayor eran frecuentes.

-No sé que voy a hacer con este chico, no creo que sea capaz de ser un hermano Adsicris –se quejaba.

-No creo que su destino sea portar la túnica sagrada de Kahn -respondía con la misma frecuencia el abad mayor–. Piensa, hermano preceptor, que él es el único que no está aquí por su propia voluntad.


4.

-¡Guerreros! ¡Vienen guerreros!

El novicio encargado de la vigilancia de la puerta corría por todo el monasterio gritando, camino de la cámara del abad mayor. Cuando llegó allí tuvo que tomarse unos segundos para recuperar el aliento.

-Vienen guerreros… a caballo… con antorchas… cientos… -dijo apresurado.

El abad mayor no pudo ocultar su cara de sorpresa y casi de miedo.

-Vamos, reúne al Claustro, rápido. Nos vemos en la muralla.

El novicio volvió a salir disparado a avisar a la plana mayor de la orden.

En unos minutos se encontraban en lo alto de la muralla, justo encima de la puerta principal. Los guerreros estaban ya muy cerca.

-Qué vamos a hacer –preguntó uno de los monjes más ancianos–. Nos van a matar a todos, van a profanar suelo sagrado.

-No harán tal cosa. Hablaremos con ellos y primero veremos qué quieren –respondió sereno el abad mayor.

Los guerreros detuvieron su marcha a pocos metros de la entrada principal. Uno de ellos, ataviado con un abrigo de pelo blanco de grandes hombreras y que portaba una gran espada en una de sus manos, se adelantó un poco.

-¡Mi nombre es Paul Reghart! ¡Estoy buscando a mi hijo! –bramó dirigiendo su voz hacia los monjes que asomaban sus cabezas por el borde la muralla.

Paulsen observaba toda la escena desde una de las almenaras de la entreplanta que daba hacia la entrada principal. Una almenara que no se había utilizado en muchos años. Cuando escuchó el nombre de Paul Reghart sintió un ligero escalofrío. Su preceptor les había hablado de ese hombre en sus clases de historia de la comarca. Reghart era el señor que gobernaba con mano de hierro toda la región de las mesetas del este. Era especialmente conocido por su crueldad y su falta de escrúpulos a la hora de acabar con la vida de cualquiera que se atreviera a oponerse a él.

-Sabía que el chiquillo acabaría trayendo problemas -le susurró precisamente el monje preceptor al abad mayor al oído en lo alto de la muralla. El abad lo miró con desagrado. Uno de los principales preceptos de su religión era la de ayudar a los necesitados y dar cobijo a los perseguidos injustamente. No habría negado la ayuda a aquella mujer ni aunque así lo hubiera deseado.

-¿Por qué supones que iba a estar aquí tu hijo? -respondió alzando la voz, ignorando el inoportuno comentario de su subalterno.

-Dejadme entrar y lo discutiremos –dijo a modo de respuesta.

Los monjes reunidos en lo alto de la muralla se pusieron nerviosos y miraron al abad mayor con cara de súplica para que no abriera la puerta.

-No podemos negar la oportunidad de parlamentar, así lo demanda Kahn en su infinita sabiduría –dijo finalmente–. Mandad a los novicios a sus celdas y preparad el gran salón para el encuentro. ¡Rápido!

No quería que los ordenados tuvieran demasiado tiempo para dudar. Se dirigió hacia el hombre que esperaba respuesta frente a la puerta.

-Abriremos la puerta y discutiremos la cuestión.

Reghart asintió y volvió la vista atrás para mirar a uno de sus generales. Este le devolvió un leve movimiento de cabeza y susurró algo a los jinetes que tenía a ambos lados de su montura.


5.

Los mecanismos de apertura de la puerta resonaron por el pasadizo por el que Paulsen se dirigía hacia el patio interior. Había desoído la orden que los monjes habían dado a los novicios de volver a sus celdas. Sentía que la Orden estaba en peligro y el tenía que hacer todo lo posible por evitarlo. Llegó al patio y se agazapó tras una de las balconadas. Reghart y algunos de sus hombres estaban descabalgando. Varios ordenados se hicieron cargo de las monturas y se encaminaron hacia el establo, que estaba en el patio contiguo, junto a la huerta interior del monasterio. Pero antes siquiera de que pudieran salir de ese mismo patio, los hombres de Reghart desenvainaron sus espadas y les asestaron un golpe mortífero que los hizo caer inertes al momento. Reghart se dirigió a sus hombres.

-Reunid a la tropa y buscad al muchacho. Debe tener ahora 16 años y si la leyenda es cierta, en su antebrazo derecho porta el emblema de Kahnsen, el ala del águila dorada. Matad a todo el que se interponga en vuestro camino, yo voy a hablar con el abad.

Un desconcertado Paulsen se levantó inmediatamente la manga derecha del hábito. Ahí estaba la marca. No podía ser cierto, él no podía ser el hijo de ese monstruo. Los gritos de los monjes cayendo bajo las espadas de los guerreros sacaron a Paulsen de sus pensamientos. No dudó ni un segundo y corrió hacia la escalinata que bajaba al patio para intentar ayudar a sus hermanos.

Llegó al final de la escalinata y vio a uno de los guerreros que acababa de ensartar a uno de los monjes con su espada. Furioso ante la injusticia que se estaba produciendo corrió hacia él y lo embistió con su hombro con todas sus fuerzas. El guerrero, sorprendido, no tuvo tiempo de actuar y cayó al suelo desconcertado. Momento que Paulsen aprovechó para arrebatarle su espada y con furia asestarle un golpe brutal en la cabeza. El hombre quedó quieto en el suelo mientras de su cabeza brotaba un reguero de sangre. Paulsen alzó la espada, apretó los dedos de la mano que la empuñaba y se adentró en los pasillos del monasterio en busca del hombre que había causado todo aquello.

Antes de llegar al gran salón, vio como sus hermanos trataban de defenderse como podían, algunos encerrados en las salas, otros luchando con valor con los aperos de labranza frente a los guerreros armados a con sus letales espadas de acero. Allá donde vio un guerrero, Paulsen arremetió contra él con su espada. Nunca había practicado con ella contra otra persona, siempre lo había hecho en secreto y en solitario, y además con una espada de madera fabricada por él mismo. Sin embargo, el acero que sostenía no le era extraño y los movimientos le surgían naturales. Así, pudo frenar los golpes que al verle llegar le lanzó uno de los guerreros que trataba de abrir la puerta de las cocinas, donde varios ordenados se habían encerrado. Ante la incertidumbre del guerrero, sorprendido por que un crío mucho más menudo que él pudiera parar sus fuertes embates, Paulsen logró rajarle el torso en un movimiento semi circular en diagonal, dando una vuelta sobre sí mismo como si estuviera practicando una danza.

Tras librarse de otros guerreros que intentaron cortar su camino de huída, llegó al gran salón. Allí estaba Reghart sentado a la mesa principal. Frente a él estaba sentado el abad mayor, custodiado por dos de los generales guerreros, que de pie mantenían la punta de sus espadas a escasos centímetros del cuello del abad.

-Insisto en que no sé nada de lo que decís, señor. Aquí nunca ha nacido ningún niño. Nuestros novicios son todos hijos menores que vienen voluntarios a aprender las enseñanzas de Kahn -le estaba diciendo el abad a Reghart cuando Paulsen irrumpió en la estancia.

Paulsen admiró el valor del abad mayor. Y se dirigió directamente a Reghart.

-Yo soy tu hijo. Detén inmediatamente este absurdo ataque.

Se levantó la manga para enseñar su marca de nacimiento. Los ojos de Reghart se abrieron como platos.

-Así que era cierto… -seguidamente miró a sus dos generales–. Cogedlo. Cuando acabemos con todos los demás volvemos a Palacio. Ya no hace falta ninguna religión que seguir. Tenemos al elegido.

Uno de los generales atravesó el cuello del abad con su espada mientras el otro se dirigía raudo hacia Paulsen.

– ¡Nooooo! –gritó el joven al ver morir al que realmente había ejercido de padre para él.

Paulsen se deshizo de un preciso mandoble del guerrero que se había lanzado a por él. Reghart lo miró con cierta admiración. El otro guerrero también intentó interponerse en el camino del joven y le lanzó un embate que Paulsen esquivó agachándose con velocidad. Arrodillado desde el suelo, lanzó sus brazos hacia adelante y atravesó el vientre de su enemigo con su arma. Las tripas de aquel hombre salieron de su cuerpo junto la hoja de la espada de Paulsen.

-No lo puedes evitar, es tu destino -le dijo Reghart cuando Paulsen se colocó frente a él.

-Tú no eres mi padre. Tú has matado a mi padre.

La furia se reflejaba en los ojos del joven. Reghart se arrodilló frente a él. Alzó la mirada y sonrió cuando la hoja de la espada de Paulsen le sajaba la cabeza de un certero golpe.


6.

Paulsen sintió un cosquilleo recorriendo su cuerpo. Una fuerza inexplicable se estaba apoderando de él. Y en ese preciso instante lo supo. Supo cuál era su destino y sintió todo el poder que acababa de recibir.

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EL MONSTRUO https://lavozdelcontestador.com/2024/08/29/el-monstruo/ https://lavozdelcontestador.com/2024/08/29/el-monstruo/#respond Thu, 29 Aug 2024 19:55:16 +0000 https://lavozdelcontestador.com/?p=198 Agazapada debajo de la mesa, envuelta por la manta con la que solía tapar a su perrita en los días más fríos, apenas escuchaba el repiquetear de la lluvia golpeando la ventana. No estaba para pensar en eso. En realidad, no estaba para pensar en nada. Sólo sentía miedo. Auténtico terror.

La oscuridad inundaba la habitación, y el silencio era sólo roto por el leve sonido de su respiración. “Debo parar”, se decía a sí misma, “no puedo hacer ningún ruido”.

Su piel se le erizó cuando, además de su respiración, oyó los pasos subiendo la escalera. Temblaba de pánico. Las escaleras crujían con cada pisada y el sonido se iba haciendo cada vez más fuerte, más cercano. “No grites, no grites, no te verá”.

Sin quererlo, en su cabeza comenzó a revivir todo lo que había pasado en los minutos anteriores. Cómo ella se despertó en mitad de la noche, al escuchar unos gemidos en la planta de abajo. Era su madre. Sollozaba asustada, sentada en el suelo con la mirada hacia arriba, y trataba de suplicar, pero se lo impedía el trapo que a modo de mordaza llevaba en la boca  atado alrededor de su cabeza.

Tenía el pelo enmarañado y la ropa de cama manchada de sangre. Desde donde estaba, en la barandilla que daba acceso a la escalera, ella sólo alcanzaba a ver a su madre. No veía quién o qué era lo que amenazaba su vida. Porque si algo vio claro en los ojos de su madre fue el miedo a la muerte.

Antes de que ella misma pudiera reaccionar a lo que estaba viendo, un golpe seco sonó tan fuerte que le hizo estremecerse, y su madre cayó desplomada en el suelo. Entonces lo vio. Erguido, con media sonrisa en los labios se acercó lentamente hasta el cuerpo ahora inconsciente de su madre. Levanto el pie y lo dejó caer con fuerza sobre su cara.

Un inmenso escalofrío recorrió su columna justo antes de que él se agachara y comenzara a levantar la ropa de su madre inerte. Él estaba tranquilo. Se movía con calma, como disfrutando de cada uno esos instantes. Ella pudo verle los ojos. Y le pareció estar viendo un monstruo.

En un momento de lucidez, huyó lentamente hasta su habitación. Y se acurrucó debajo del escritorio en el que solía hacer los deberes. Muerta de miedo.

La puerta se abrió de golpe, dando un sonoro golpe contra la pared.

Se quedó paralizada. Su respiración se cortó en seco sin que ni ella misma lo hubiera tenido que pensar. Él avanzó. Lentamente. Ella cerró los ojos con fuerza pero eso no hizo desaparecer el terror que invadía su cuerpo. Y no pudo controlarse más. Comenzó a jadear y a sollozar, como había hecho su madre poco antes.

Él llegó al medio de la habitación. Justo enfrente del escritorio. Y ella se dio cuenta de que sus sollozos no eran los únicos que se escuchaban.

Abrió los ojos justo en el momento en que él caía de rodillas al suelo y se llevaba las manos a la cabeza. Lloraba desconsoladamente. Ella lo miró, sin entender, pero aún completamente aterrorizada.

Él apartó las manos de la cara y le devolvió la mirada. Pero no la veía a ella. Parecía como si sus ojos la traspasaran y estuvieran mirando mucho más allá de donde ella estaba. Lentamente, se llevó la mano a la espalda y cogió la pistola que llevaba sujeta a su cintura. La condujo hasta su propia boca… y disparó.

Después de superar el shock de lo que acababa de presenciar, la niña salió de debajo de la mesa y se incorporó junto al cuerpo. Todavía temblando, y entre lágrimas, lo miró fijamente… y le preguntó:

–¿Por qué, papá? ¿Por qué?

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