Debuté en el teatro

Una vez más, me siento a escribir sabiendo sobre qué quiero hacerlo, pero sin tener ni idea de lo que quiero decir al respecto. Así que supongo que, como en la vida, me tocará improvisar y dejar que mi cerebro guíe inconscientemente mis dedos para contar lo que tengo que contar. O, más bien, lo que mi cuerpo me pide contar.

Los que me conocéis sabéis que siempre que vivo una experiencia emocional intensa, generalmente novedosa para mí, mi cuerpo y eso rojo que late dentro de él me impelen a plasmarlo sobre el papel. Bueno, sería más correcto decir sobre la pantalla, porque hace mucho que sobre el papel no plasmo nada (en estos tiempos modernos aquí iría el emoji de la sonrisa con la gota en la frente). Esta ocasión no iba a ser menos.

Empecemos por el principio. Yo nací en un miércoles soleado… vale, no tan al principio. Perdón por la broma, pero escuché en una película (realmente no en una, en miles) que siempre es bueno empezar cualquier discurso con un chiste o una gracieta. Aunque es preferible que tenga gracia. Vuelvo al carril, que ya sabéis lo poco que me cuesta salirme. Nos remontamos a septiembre-octubre del año pasado, 2025, cuando tomé una de las mejores decisiones que he tomado en los últimos tiempos: apuntarme a clases de teatro.

«Siempre he tenido esa espinita clavada de no haber hecho o probado el teatro nunca antes»

Las motivaciones son muchas; las razones, enmarcadas en ese espacio y tiempo concreto, no tantas. En cuanto a las primeras, siempre he tenido esa espinita clavada de no haber hecho o probado el teatro nunca antes. Es un mundo que siempre me ha llamado la atención. Desde pequeño siempre me ha encantado hacer personajes, hacer el payaso y «performar» (no creo que esto se pueda decir en castellano). Buena culpa de esto tiene mi abuela paterna, mi amatxi, que cada Nochevieja nos hacía improvisar para la familia una pequeña obra de microteatro que preparábamos en unos 10 minutos al poco de comer las uvas. También mi abuelo materno, el abuelito, que era todo un artista en la oratoria y en todo lo relacionado con hablar ante un público. De él sé que he heredado muchas de mis (limitadas) virtudes en este aspecto.

Es cierto que gracias a los podcast he tenido y tengo la oportunidad de subirme de forma periódica a un escenario a, básicamente, hacer el tonto, lo que me ha hecho redescubrir aquella pasión que durante muchos años estuvo parada. La vida, principalmente, que siempre se inmiscuye en nuestro camino, me había hecho perder ese horizante y prácticamente haberlo olvidado. La búsqueda de un trabajo estable en una profesión como la mía, el periodismo; las cargas económicas, ahora pagar el coche, ahora la hipoteca, después la pensión de alimentos; el desgaste psicológico y mental que puede conllevar un conflicto personal en el que está implicada la vida de la persona más importante para ti… son algunas de las barreras que, como digo, la vida se ha empeñado en ponerme delante en el camino.

No obstante, volver a la radio y, especialmente, arrancar con el podcast que lo cambió todo, ‘¡A la Velocidad Absurda!’, y empezar a sentir que todo aquello que salía de mi parte creativa era capaz de llegar a otras personas y entretenerlas, o incluso emocionarlas, despertó en mí de nuevo esa inquietud y esa energía que necesitaba para aprender a saltar esas barreras, aunque fuese al modo del ‘recluta patoso’ en una pista americana supervisada por un malvado coronel.

Y de estos barros, estos lodos, o como sea que sea esa frase. Más podcast, los premios, los relatos, los guiones, los intentos de vender programas y series de televisión, la novela, las firmas en la feria del libro… pero siempre estaba ahí ese Pepito Grillo recordándome que hacía muchas cosas con muy poco tiempo, pero no le había dado la oportunidad a aquello que siempre había querido: el teatro.

Lo que nos lleva a las razones. Si has llegado hasta aquí, que sepas que ya te quiero mucho. Debes apreciarme lo suficiente como para soportar toda la turra previa que te estoy metiendo. Sorry not sorry (introducir emoji de las dos manos rezando). Precisamente, la escritura de guiones con lo que yo creo que es cierta solvencia (he dicho YO CREO) y la posibilidad de dirigirlos, y ante la precariedad y la concienciación de que «vas a necesitar engañar a mucha gente para que actúe, seguramente tú podrías hacer un papel o es posible que te estés escribiendo para ti mismo un papel y no tienes ni puta idea de actuar» fueron algunas de las razones que me llevaron a querer explorar más en la interpretación. De cara, sobre todo, a ser un director empático con actores y actrices y comprender algo más de su proceso si quiero hacer realmente bien mi trabajo.

Otra de las razones tiene que ver, y mucho, con la situación personal en la que me encontraba. En primer lugar, el hecho de que por cuestiones familiares previas, cuando había mirado la posibilidad de apuntarme a unas clases, los horarios no me cuadraban en absoluto. La conciliación, que la llaman, qué os voy a contar que no sepáis.

Aquí también entran las ganas de conocer a gente nueva, explorar nuevos mundos, descubrir diferentes perspectivas y personas con las que, al menos, compartir este mismo interés.

Y la depresión, por supuesto. Sí, seguramente no es algo de lo que me hayas oído hablar, ni de lo que creo que me hayas leído. En los últimos tiempos, a raíz de una cuestión personal de alto calado, me he visto caer dos veces en la depresión. Pronto entraré en más detalles sobre esto en un podcast, pero no dedicado a la salud mental, sino a cómo la terapia y la comedia salvaron mi vida. Pero esa es otra historia que quizá deba ser contada en otro momento (si captas esta referencia más allá de aparecer varias veces en mi novela, que sepas que aún te quiero más).

A lo que iba. Y cuando me pregunto, ¿por qué la depresión? Y he aquí mi respuesta. Porque, precisamente, una de las facetas que más se ve afectada cuando estás deprimido, si eres o te consideras una persona creativa, es eso, la creatividad, la expresión artística. Como he comentado, la comedia me ha ayudado mucho a superar los peores momentos. No sólo consumirla, sino también ejercerla. Sé que el humor siempre ha sido para mí un mecanismo de defensa, aparte de un estado natural, por suerte o por desgracia, y todas las oportunidades en las que he tenido la ocasión de desconectar para reírme y hacer reír, ya sea sobre un escenario o grabando delante de un micrófono, han sido indiscutiblemente terapeúticas. Y he aquí que el teatro, las clases, encajaban perfectamente en ese deseo de realizar actividades que me ayudaran a desconectar, a abstraerme de la locura del día y de los problemas habituales.

Y la impro, claro. Comenzar a jugar en las jams de impro de los segundos viernes de mes en el Kremlin, en Bilbao, fue el empujón que necesitaba para dar el salto definitivo. Subir al escenario (aunque sea pequeñito) y sentir el calor del público, sus risas y sus aplausos. Eso es droja en el colacao, amigo/a (si pillas esta bien tienes años, bien tienes demasiada cultura popular televisiva).

El debut

Total, que toda esta parrafada para llegar al momento en el que las emociones y los sentimientos ante una nueva experiencia me han llevado a comenzar este interminable escrito. Es terapia también, no me lo tengan en cuenta.

El pasado fin de semana, junto a mis compañeros y compañeras de clase de iniciación de la escuela Utopian, de Getxo, estrenamos la obra que llevamos meses preparando. Se trata de la obra ‘El mundo de Karl Valentin’, dirigida por Carlos Baiges, nuestro profesor de interpretación, y con dramaturgia de Arantxa Iurre, nuestra profesora de expresión corporal. Un conjunto de escenas de humor absurdo salidas de Valentin, dramaturgo alemán del periodo de entreguerras. Y sí, insisto en desmentirlo: yo no he tenido nada que ver en la elección de la obra. A mí me este caramelito me ha caído del cielo.

Un trabajo intenso, con altibajos, con dudas, con pocas certezas hasta bien entradas las fechas límite, pero cargado de ilusión y diversión. Estrenar la obra, en realidad, no ha sido más que el colofón a una temporada estupenda y, seguramente, como la erupción del volcán de sensaciones que llevábamos guardando todo este tiempo mientras la preparábamos.

Porque estrenar frente al público ha sido increíble, más droja de esa, no lo duden, pero más potente ha sido la comunión entre las personas que hemos formado parte de ella. Parafraseando a uno de mis compañeros, coach emocional del equipo, el Ted Lasso del teatro getxotarra, una mente colmena de retroalimentación personal que ha hecho que la experiencia sea, sin duda, inolvidable.

Para mí, una nueva primera vez. Y no una cualquiera; he tenido el honor de realizar el papel de apertura y enlace entre las distintas escenas con un monólogo que me encanta (‘Obsesiones’, señalando la necesidad de un teatro obligatorio a cargo del Estado) dividido en cinco partes. Pero es que, además, he tenido que cantar un solo en la canción coral del final de la obra. Toda una responsabilidad, no nos vamos a engañar. Que sí, que a mí me encanta la música, que hago mis chorradas con la guitarra y el piano, pero no soy cantante. Ni mucho menos.

Pero, afortunadamente, parece, la obra gustó. El público se lo pasó bien, no apreció nuestros fallos y nos felicitó al final del espectáculo. Y nadie se quejó de mi voz, oiga.

En definitiva, y creo que aquí puedo hablar en nombre de mis compañeros y compañeras, toda una experiencia para nosotros/as que queda reflejada, al menos en mi memoria, con el abrazo grupal (mente colmena) que nos dimos eufóricos/as en el camerino tras volver de la oleada de aplausos del público.

Y todo esto, amigas y amigos, simplemente para exteriorizar aquello que llevaba dentro y que tenía que sacar de alguna manera. Lo normal habría sido hacerlo también en formato podcast, pero… bueno, ahora que lo tengo escrito, me vale de guion. Permanezcan atentos/as.

Pero, sobre todo, gracias. Gracias a todas las personas que acudieron a vernos y convirtieron la experiencia en esta sensación apoteósica. Gracias a Carlos y Arantxa, por enseñarnos pero también por ser exigentes, por tratar este proyecto como si fuéramos profesionales. Gracias a mis compañeros y compañeras, por hacer que el lunes, generalmente el peor día de la semana, siempre acabara a lo grande; y por los ratos juntos/as, los que ha habido y los que vendrán. Y gracias a ti por leerme hasta aquí. Siento el rato que te he hecho perder. ¿O no?

Hasta la próxima aventura.

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